Los rasgos
obsesivos pueden estar presentes sin necesidad de que esa persona
padezca una neurosis obsesiva propiamente dicha o un Trastorno Obsesivo
Compulsivo. Poseer estos rasgos tiene sus ventajas, ya que entre las
características positivas se pueden encontrar la disciplina, la competencia, la
prolijidad que son cualidades deseadas en muchos trabajos por ejemplo. El
problema radica cuando ciertas características de personalidad comienzan a
jugar en detrimento de nuestra paz mental.
Una de las ideas que
más atormentan a las personalidades obsesivas es su incansable búsqueda de perfección,
lo que lleva a un gran nivel de exigencia tanto propia como ajena, a muchas
veces asumir que nadie podrá hacer las cosas tan bien como ellos o con el mismo
nivel de compromiso que asumen. Esto se convierte muchas veces en un problema
en los vínculos con los demás, ya que la exigencia puede llegar a cansar a los
otros. Otra consecuencia es que el hambre voraz de perfección casi nunca puede
ser saciada, lo que conducirá a dejar planes, tareas y sueños, por la mitad o
ni siquiera comenzarlos siquiera. Si ellos no hacen nada entonces no pueden
fracasar y no corren el riesgo de censurarse a sí mismos o ser censurados por
los demás. También esta perfección se ve reflejada en la dificultad a la hora
de tomar decisiones, porque ¿qué pasa si toman la decisión equivocada?
No pueden evitar pensar
en términos de blanco o negro, todo o nada, demasiado absolutistas se
olvidan de la amplia gama que queda en el medio de los absolutos, nada es cien
por ciento bueno o malo nunca. En esta tendencia se basan la rigidez, la posposición
de decisiones y el perfeccionismo. Sin este estilo de pensamiento podrían
percibir que las cosas pueden ser perfectas, excelentes, muy buenas, regulares,
malas, extremadamente malas. Podrían entonces tolerar el hecho de haber tomado
una decisión imperfecta porque de todos modos sería buena. Para el pensamiento
dicotómico una decisión imperfecta es por definición una decisión errónea y
como tal intolerable. Este estilo de pensamiento absolutista y muchas veces
moralista los conduce a lo que deberían hacer según sus normas internalizadas y
no lo que desean hacer.
Sienten terror de
equivocarse, porque si no hacen las cosas a la perfección a nivel inconsciente
esto ataca directamente a su valor como persona, afecta su autoestima y en
muchos casos puede conducir a la depresión. La perspectiva de ser imperfecto en
el futuro le genera ansiedad, angustia y evitación. El fracaso es intolerable
por lo que muchas situaciones de la vida que escapen de su control se verán
como intensas y dolorosas. En algunas personas incluso vibra la idea de
que quien se equivoca tiene que ser castigado, la imperfección tiene que ser
severamente castigada de ahí esa exagerada autocrítica. La culpa
se convierte así en una excelente herramienta para castigarse a sí mismos y de
esa manera asegurarse de que no volverán a equivocarse. Si no hacen lo que “deberían”
tienen que experimentar culpa y ser autocríticos.
Estar en
control de las situaciones y de sí mismos es su gran deseo, necesitan moverse en ambientes
predecibles, lógicos, calculados que le brinden la seguridad de que siempre
podrán manejar la situación, lo que evidentemente es un imposible porque la
vida está llena de elementos incontrolables, de relaciones incontrolables.
La buena noticia es que
cuando la persona comienza a ser consciente de que actitudes molestan para el
pleno desarrollo de su vida, surge el deseo y la necesidad del cambio. Más allá
de que es difícil mantener a raya rasgos de personalidad que en cierta manera
nos definen como persona y como mencioné pueden incluso ser útiles en
determinadas circunstancias, si podemos trabajar en ellos para que no estorben,
para que no nos limiten en nuestra experiencia vital.
Lic. en Psicología Mariana Alvez
Uruguay
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